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¿Y si llevamos la revolución a la comida infantil?

Llevo unos años implicada en una serie de actividades sobre soberanía alimentaria en mi barrio: en el colegio tenemos un proveedor ecológico, pertenezco a una cooperativa de consumo, he participado en los huertos ocupados del barrio, y apoyo siempre que puedo el comedor ecológico y social de La Igualitaria, entre otras muchas cosas. Somos muchas en el barrio las que pensamos que es hora de dar un paso al frente y establecer una red entre todas estas actividades para mejorar aún más el acceso a comida digna a las capas sociales del barrio más afectadas por la crisis y ya estamos empezando a dar pasos en ese sentido.

Como decía ayer el informe sobre la pobreza, la franja de edad con la tasa más alta de pobreza (cinco puntos superior a la media nacional) son los niños de hasta 16 años. Esta crueldad se origina en el aumento descarnado de las familias monoparentales, encabezadas en mayor medida por mujeres, que recordemos son las siguientes pobres en la lista. Paradójicamente, los índices de obesidad infantil se han disparado en España desde que empezó la crisis. El triángulo se vuelve cada vez más claro: pobreza -> comida de poca calidad -> obesidad.

Hace unos años, cuando llegué a Barcelona con un niño en brazos, en pocos meses me aficioné a consultar la web de Mammaproof antes de salir de casa. Esta genial guía de la ciudad de Barcelona te ofrece, por código postal, lugares “family proof”, donde te atienden bien y con una sonrisa sin echar pestes de las personitas que traigas a rastras. Para los que no tienen hijos será difícil de entender, pero las madres condenadas al ostracismo social recibimos de buen grado que no se nos mire mal cuando vamos con un bebé o un niño a un café o restaurante.

Hoy me he encontrado con una iniciativa de las incansables autoras de Mammaproof: una iniciativa para que la hostelería ofrezca menús infantiles de calidad. Producto de temporada, ecológico, de calidad… hay vida más allá de los macarrones con tomate y los nuggets de pollo congelados. Los niños pueden aprender a comer si les tomamos en serio y no les damos cualquier cosa para que nos dejen almorzar o cenar tranquilos. He firmado con mucho gusto su manifiesto, y os invito a los demás a hacerlo, y a los restauradores, a tomaros más en serio a vuestra futura clientela. Los niños también quieren comer bien.

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