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Ciencia y cocina

Hace unos días un colega del partido me enviaba una reseña de un curso que tiene lugar en Oxford bajo este título, “Ciencia y cocina”.

Para los que no hablen inglés, el curso reivindica la ciencia detrás de un buen allioli … Lo primero que me llamó la atención de la reseña más allá del título, fue la referencia a la alta cocina, y en concreto a Ferrán Adrià.

La primera vez que me tropecé con la idea de que detrás de los fogones hay ciencia fue en el Mercat de les Corts de Barcelona, el ocho de marzo de 2006. Un grupo de cocineras daba una charla práctica a las puertas del mercado, explicando la ciencia detrás del momento en que se le echa la sal a un caldo, entre otros muchos detalles interesantes.

A raíz de aquel primer encuentro, llevo años reflexionando sobre la cantidad de saber acumulado por las mujeres que no se considera ciencia porque no se estudia en las universidades. La cantidad de saber que perdemos, porque los conocimientos de las mujeres no son automatizados ni clasificados en bibliotecas, se pierden en la amalgama de eso tan difuso llamado “cultura popular” y finalmente desaparecen cada vez que una mujer consigue enviar a su hija a la universidad y evita transmitirle la ciencia detrás de un sofrito.

Los animales que conocemos que “elaboran” o “producen” alimentos, lo hacen como medicina. La cocina más primitiva fue el triturado de alimentos, no para dar a los bebés, si no para dar a los ancianos sin dientes. Si nos remontamos en el tiempo, es fácil ver que la cocina nació como medicina: se trataba de facilitar alimentos a los que, por la razón que fuera, no podían alimentarse normalmente. La primera cocina fue medicina y hoy en día, la cocina sigue siendo medicina: se sana a través de la comida y se siguen promocionando los poderes terapéuticos de los alimentos en sus diferentes combinaciones.

Las tres brujas de Macbeth consultando el futuro en el caldero

Las tres brujas de Macbeth consultando el futuro en el caldero

Es sabido que las primeras sociedades sedentarias, antes de la revolución agrícola del neolítico, la revolución más importante que ha vivido el ser humano, eran sociedades igualitarias: no existían las clases sociales ni grandes diferencias entre hombres y mujeres, aunque tradicionalmente se haya atribuido un papel más espiritual a la mujer en las mismas. Por lo tanto no sabemos quién cogió primero una piedra, molió el cereal, lo mezcló con agua o leche y le añadió frutos secos, creando así el primer desayuno vitaminado de la historia. No sabemos si fue un hombre o una mujer. Pero a juzgar por lo que queda en la cultura popular, la mujer siempre ha tenido un lugar privilegiado al lado del caldero y del mortero. El mito de la bruja nace de aquí, ya que seguramente muy pronto aquella que aprendía a mezclar para sanar, tuvo que aprender a mezclar para envenenar.

Baba Yagá conduciendo el mortero usando la mano como timón

Baba Yagá conduciendo el mortero usando la mano como timón

No sé en qué momento se encerró a la mujer a la cocina, o en qué momento nos hicieron creer que estar en la cocina era un encierro. El otro día leí una frase por ahí que seguramente sea apócrifa, y que decía algo así: “las mujeres nos hemos pasado siglos para conseguir salir de la cocina. La verdadera revolución tendrá lugar cuando consigamos volver”.

Entre tanto, millones de mujeres agricultoras y sus conocimientos milenarios, que podrían ser clave contra el cambio climático, ¿se perderán también en la noche de los tiempos? Porque son iletradas, porque son minifundistas, porque son las más débiles… y porque son mujeres. Siempre estaremos a tiempo de que algún Ferran Adrià del campo nos vuelva a enseñar a respetar la tierra y cultivar tomates…. lo llamaremos Alta Agricultura y lo estudiarán en las Universidades.

Mi hijo dudando seriamente de haber entendido correctamente su última clase de ciencias

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Un pensamiento en “Ciencia y cocina

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