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¿Se ha terminado noviembre?

Valentín limpiando las verduras de la ensalada

Valentín limpiando las verduras de la ensalada

Pues sí, parece que noviembre termino hace ya unos días, pero en mi casa continuamos con el reto y seguimos poniéndonos pequeñas metas cada día. Lo que no quería era seguir escribiendo entradas en el blog sin primero ofreceros algunas conclusiones a las que hemos llegado en casa, a modo de colofón:

1. Se puede comer 100% de temporada

Y no echar ningún alimento de menos. Trasteando la cocina hoy me he dado cuenta de que no solo no hemos comido tomate natural desde que se terminaron los últimos de temporada, sino de que no hemos probado tomate de bote de ningún tipo: ni en salsa, ni triturado, ni nada. Habían tantas recetas de temporada ricas para hacer, y tanto boniato, calabaza, apio, lechuga, etc. que gastar que no nos ha hecho falta, ni nos hemos acordado de él, ni lo hemos echado de menos.

2. Comer de temporada no es aburrido

La gente piensa que la globalización de los mercados y el progreso del último siglo nos ha permitido aumentar la variedad de lo que comemos. En mi casa hemos descubierto en noviembre que es una falacia. Se puede comer de temporada, variado, rico y sin aburrirse de ningún alimento. Lo que aumenta es las variedades de una misma especie: por ejemplo, distintos tipos de calabaza, de cebolla, de lechugas, de pimientos, de coles, de raíces, frutos secos, cereales… hay para no aburrirse, muchas se utilizaban en recetas tradicionales, y las hemos perdido. Recobremos las tradiciones, las variedades típicas de los sitios donde vivimos. Hemos descubierto formas diferentes de preparar las ensaladas (sí, porque la lechuga es un ingrediente típico del otoño, y hay millones de ensaladas que se pueden hacer sin tomate), los boniatos, la calabaza, las castañas o las nueces. Además, hemos descubierto el mijo, un cereal que ecológico vale más barato que el arroz y es infinitamente más versátil y fácil de preparar. Puedo decir después de cuatro semanas que lo que hemos hecho ha sido aumentar la variedad de alimentos, guisos y recetas, y no nos ha dado tiempo a probarlo todo.

3. Comer de temporada es mucho más sano para el cuerpo

Esto no lo puedo demostrar de ninguna forma, sencillamente es lo que nos ha pasado a nosotras en casa. Ya lo expliqué en la otra entrada, pero además, creo firmemente que ha mejorado mi salud mental: más concentración, mejor memoria, más despierta por las mañanas (y sin café!)… la lista no tiene fin. Publiqué este artículo en el facebook del reto, que habla sobre salud y comida. No creo que determinados alimentos (como la carne) generen sentimientos agresivos, pero sí creo que utilizamos determinados alimentos (carne, chocolate, café, azúcares refinados, refrescos, alcohol) como sustitutos emocionales. Nuestra falta de apoyo emocional nos hace sentir una ansiedad tremenda que calmamos con alimentos que nos saturan el hígado y los riñones. La dieta propuesta por el reto no sólo ha eliminado, en mi caso, los colorantes y conservantes, mejorando mi calidad de vida y mi salud con ello. Además, ha disminuido mi ingesta de esos alimentos que utilizamos como sustitutos emocionales y he intentado sustituirlos… con emociones: un libro, un paseo, una tarde con los amigos, un abrazo, una exposición, un regalo. Y al menos de momento, funciona, :-).

4. Lo que comemos ya no es dieta mediterránea

Yo pensaba que comía superbien. Ahora me he dado cuenta de que no, y de que comer bien se ha vuelto extremadamente difícil. Y de que comer, como sugieren los nutricionistas, 2 a 3 raciones de carne a la semana significa realmente a la semana, y ahora mismo la gente se las come al día. Nosotros hemos reducido la ingesta de carne de forma radical, y no puedo decir que seamos vegetarianos precisamente. Pero ahora como legumbres entre cuatro y seis veces a las semana. Eso sí es dieta mediterránea. Antes comíamos lentejas una vez a la semana. Garbanzos una vez al mes, y alubias, nunca. Ahora comemos los tres tipos al menos una vez a la semana en distintos tipos de preparaciones: en el tradicional guisado o potaje, pero también en hummus y en ensalada, o mezcladas con arroz/mijo y otras verduras. También hemos aumentado la ingesta de fruta de forma considerable. En mi caso quizás no ha sido tan exagerado como en el caso de la comadre Lara, ya que me gusta más la fruta de esta temporada, en especial la naranja en zumo, y la temporada acaba de empezar. Pero en el caso de Valentin el cambio ha sido espectacular. Algunos días se puede comer cuatro piezas, otros cena sólo fruta.

5. Lo que nos venden no es carne

Lo más difícil ha sido adaptar la nueva dieta a los gustos del niño. Tiene tres años y hasta ahora solía bromear sobre su vegetarianismo porque se negaba a comer carne. Pero ya sabéis que los gustos infantiles cambian rápido, sobre todo, imagino, dependiendo de lo que necesiten, y parece que Valentin necesita mucha proteína ahora. Se pasa el día pidiendo carne, y se deja los garbanzos, hace dos meses una de sus comidas preferidas, de esas que nunca fallaba. Así que él no ha disminuido la cantidad de carne que comía, más bien la ha aumentado. Lo que he intentado, dado que a veces es difícil comprar carne ecológica, ha sido comprar filetes o piezas entera, nunca carne preparada (ni hamburguesas, ni raviolis, ni embutido). Porque os animo a leeros los ingredientes: la carne que nos venden no es tal, es una amalgama de almidón con un montón de conservantes y colorantes.

6. Recuperar la cocina como centro de la casa y como centro político

Una de las razones por las que he decidido volver a estudiar antropología es porque me gustaría demostrar de forma científica y académica que durante el siglo XX las mujeres perdieron el último reducto de poder matriarcal que les quedaba: la cocina. Creo firmemente, y llevo mucho tiempo dedicando mis estudios a ellos, que en tiempos más antiguos la cocina fue un centro político y social de primer orden. En la cocina aparece la medicina y la primera ciencia, de la mano de un almizcle, el mismo en el que viajan las brujas de la Europa oriental. En los cuentos populares, que no infantiles,  de “princesas” (antes de las adaptaciones para la incipiente burguesía realizadas por los Grimm o Perrault), los folcloristas ven claros signos de un rito de paso de las niñas a mujeres común a todo el continente indoeuropeo, que siempre pasa por la cocina (la Cenicienta, Hansel y Gretel, Basilissa la Hermosa…) y se inicia con una madre muerta que lanza a su hija a la aventura… Simbolizando en realidad a la potestad de la madre para obligar a la hija a iniciar el rito para convertirse en mujer “muriendo” como madre (es decir, admitiendo que la hija ha crecido y dejándola marchar) y desterrándola a la cocina, lugar obligatorio del que la niña extraerá todo el conocimiento y poder social para convertirse en mujer.

Cumplir con el reto obliga a pasar muchas horas en la cocina… no las he sentido como una carga. Todo lo contrario, he sentido que estaba haciendo algo importantísimo para mí y para el niño, y que en cierto sentido y hasta cierto punto conseguía recuperar algo de la soberanía alimentaria que, ahora sí lo tengo claro, nos niegan. Ahora quiero trabajar aún menos, porque además de criar al niño, me parece que alimentarle correctamente, es más importante que el trabajo que hago. De hecho, creo que es el trabajo más importante que hago.

Un pensamiento en “¿Se ha terminado noviembre?

  1. Pingback: Las recetas de Noviembre a Fuego Lento « Bebés y Especias

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