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Un reto para toda la vida

Estamos a 17 de noviembre y escribo esta entrada para contaros como nos va a los López a mitad de reto.

Empezaré con comentarios sobre mi entrada anterior de preparación del reto:  estoy en fase premestrual, así que voy a dedicar sábado y domingo a planificar lo siguientes días, con una lista de recetas, ingredientes que comprar, etc, para tener el frigo lleno para cuando necesite pasar un poco de la cocina. El calendario festivo del mes de noviembre me ha permitido reflexionar mucho sobre las conexiones entre comida y religión, sobre como el calendario está marcado con los alimentos que te da la tierra en cada momento del año, y cómo nos hemos ido desvinculando de ambas cosas ( de la tierra y lo que nos da, y de su vínculo con la espiritualidad).

El horno era tan increíblemente caro de reparar que lo he dejado estar. Ya lo cambiaré cuando hagamos obras en la cocina. Esto ha supuesto renuncias importantes (como el shepard’s pie, posiblemente uno de mis platos preferidos cuando empieza el frío, o magdalenas y galletas para el niño). Encontrar, incluso en tiendas especializadas, postres, galletas y magdalenas con ingredientes normales ha sido un quebradero de cabeza y lo he tenido que dejar estar. Afortunadamente, a mi hijo le chifla la fruta.

Valia preparando tortitas de dos ingredientes (huevo y plátano)

Valia preparando tortitas de dos ingredientes (huevo y plátano)

Dicho lo cuál, os paso a comentar lo más relevante que he notado estos días de reto.

Temporada

La imposibilidad de encontrar carne ecológica y sin aditivos (en especial embutidos, patés o jamón de york) ha hecho que reduzcamos la ingesta de carne de forma radical. Este hecho me ha permitido, aunque sólo fuese por el enorme ahorro monetario, invertir en algún que otro producto que hacía siglos que no se veía en mi cocina, como bonito del norte pescado de forma artesanal, y algún que otro pescado y marisco de calidad, mediterráneo y que no esté en peligro de extinción.

Última comanda a la cooperativa

Última comanda a la cooperativa

Lo más importante, y el descubrimiento para mí del reto, ha sido la reconciliación con las verduras, legumbres y recetas (que ya comentaré en el punto siguiente) de temporada. En mi casa nunca se había comido tanta calabaza en tantas combinaciones y preparaciones diferentes. Y a mí no me entusiasma la calabaza. Pero hay que añadir las nueces, castañas, boniatos… Todos estos ingredientes tendían a ser testimoniales en mi cocina (por ejemplo, las castañas asadas de la calle, boniatos idem o en algún dulce, nueces como postre, calabaza en crema o sopa… y para de contar) y han pasado a ser el ingrediente principal mañana, tarde y noche.

A eso hay que añadir alimentos que sí eran habituales pero que también se han convertido en básicos, como la uva y pera de temporada, la coliflor, zanahoria y patatas. El experimento ha tenido tan buenos resultados, que para la semana que viene he hecho un pedido a la cooperativa de cosas que jamás o muy rara vez pido, como apio, hinojo, remolachas, granada, lechuga (alimento que detesto, ¡pero he encontrado una receta que va a terminar con esto!) …

A todo ello me he animado según iba descubriendo recetas con alimentos propios del otoño, que me apetecen mucho, pero nunca se me había ocurrido preparar por pura pereza. Paralelamente, hemos aumentado el consumo de lentejas y habichuelas, y en breve lo haremos con los garbanzos también. Vamos, para mí el descubrimiento de este reto ha sido que comer de temporada no es nada aburrido, y que tengo un kilo de tomates de los últimos que llegaron de la temporada que no he tocado… porque no me han hecho falta. No os preocupéis, tengo un recetón esperándoles.

Todo el tema me ha hecho reflexionar muchísimo, sobre cómo nos alimentamos, sobre cómo se alimentaban nuestros antepasados (no sólo nuestras abuelas, he estado documentándome sobre gastronomía en la edad media, en época romana y griega…), sobre cómo es posible que hagamos la ensalada de lechuga con tomate, si son dos alimentos que tienen temporadas diferentes…

Recetas

Nuestra dieta ha mejorada muchísimo, no porque comamos más sano, o más local (que lo hacemos) sino por la variedad de recetas y preparaciones que hemos descubierto, recuperado o reinterpretado. Por ejemplo, en mi casa no se cocinan habichuelas, porque después nadie se come el cerdo, y me parece un desperdicio importante. Estando en casa de mi madre, siempre pido que me cocinen dos cosas por eso: fabada (la que hace mi madre. Asturianos abstenerse y no protestar) y gazpacho manchego. Así que le pregunté a mi madre cómo podía preparar lo que aquí en Cataluña se conoce por “mongeta” que no fuera en fabada, y mi madre contestó esto: habichuelas de bote ya preparadas, las enjuagas bien y las sirves con aceite, vinagre y sal, cebolleta y un huevo duro. Bueno, hay recetas que pueden transportarte a la infancia, y esta desde luego lo hizo conmigo. Pero además me transportó al presente, y me transportó en el espacio, pues me hizo recordar el tradicional “empedrat” catalán.

Empedrat catalán recuperado gracias a mi madre

Empedrat catalán recuperado gracias a mi madre

Madre mía, que festín. La receta catalana sólo varía de la de mi madre en que lleva pescado (anchoa, boquerón, bacalao… cualquier cosa que contraste bien por el sabor) y pimiento o tomate. Vamos, que es una ensalada.

Otra receta que ha sido un descubrimiento ha sido la sopa de tomate asado al tomillo de El Comidista. Admito que no me emocionaba (no me gusta la sopa, qué le voy a hacer) y también admito que me he tomado un plato casi cada día. Le he añadido numerosos secretos de autora, pero da igual, en serio. Quieres que no se acabe nunca. Y me ha resucitado de dos amenazas de catarro importantes. ¿Mi secreto? Seguramente El Comidista en persona se presentará en mi casa para matarme por esto, pero sencillamente asé los tomates, los hice puré y los metí en el congelador. Luego preparo un suculento caldo de verduras, y cuando me apetece la sopa, saco porción de tomate asado y sigo la receta.

 

Tan entretenida he estado con esto, que se me han olvidado varios clásicos otoñales que sí se preparan en mi casa: la ensalada waldorf, la ensaladilla rusa, el arenque abrigado… No hay problema, los ingredientes están en camino. Además, he encontrado en una página de recetas para bebés una receta de humus de remolacha y habichuelas y unas tortitas de remolacha, que solo por el color ya quieres prepararlo y comértelo en cantidades importantes…

Termino con el boniato: qué descubrimiento. Asado entero, hecho panellets, frito como si fueran patatas… o en hamburguesa, hemos comido boniato sin parar, hasta el punto que no sabía qué hacer con las patatas y ya me he pedido otro kilo.

Salud (Nota: si eres muy asquerosita no sigas leyendo)

Imagino que tras ver el tipo de recetas que he estado manejando estos quince días, no os sorprenderá que os diga que he visto aumentado el tráfico intestinal de forma interesante. Las mujeres tendemos a padecer estreñimiento, padecimiento que yo no sufrí hasta que me quedé embarazada. Desde entonces, y multiplicado por mil después del parto, ir al baño para mí se había convertido en LA TORTURA. Pues se acabó. Se acabó tanto que tendré que plantearme seguir con el reto AD INFINITUM. Para ver si el cambio es real tendré que pasar la prueba del algodón el agosto que viene, época en la que despierta mi mejor amiga la almorrana y la tortura se convierte en PÁNICO. Resulta que en uno de los blogs que inspiraron este reto, uno en el que proponían que sólo comieras productos envasados que no tuvieran más de tres o cuatro ingredientes, y que todos ellos los pudieras conseguir tú fácilmente, comentaban que en unos días se había resuelto el problema de estreñimiento que arrastraba uno de los niños de la familia. Me llamó mucho la atención entonces, pero lo había olvidado por completo.

Ahora, desde mi experiencia, me veo obligada a pensar que el aumento de legumbres, hortalizas y fibra en mi dieta, combinadas en preparaciones menos agresivas (crudo, al vapor, cocido, etc y no frito…) no es el único factor en la mejora de mi tono intestinal. ¿Quizás la ingesta de aditivos y conservantes favorezca esta plaga moderna? Como os decía, tendré que esperar bastante tiempo para comprobarlo, pero ahora mismo estoy que no me lo creo. Al fin y al cabo, lo único que he dejado de comer de verdad ha sido el embutido, y el paté, y los raviolis, y las salsas, y las pizzas, y los congelados, y… Vaya. Comía bastantes cosas precocinadas.

Y a ti, ¿cómo te ha ido?

2 pensamientos en “Un reto para toda la vida

  1. Pingback: Fin del reto… pero ¡la revolución a fuego lento continúa! « Bebés y Especias

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